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MARÍA ÁNGELES CHAVARRÍA. DE CORAZÓN A CORAZÓN, DE HUESO A HUESO

Reseña de Carlos Alcorta.

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MARÍA ÁNGELES CHAVARRÍA. DE CORAZÓN A CORAZÓN, DE HUESO A HUESO (Elementos simbólicos en la poesía de José Luis Hidalgo). Colección Torre de la Vega. Aula Poética José Luis Hidalgo. Torrelavega, 2017

Es sabido que cada generación lee y reescribe la tradición de forma diferente a como lo hicieron las generaciones precedentes, acaso porque, como escribe José María Pozuelos Yvancos, «los valores estéticos son cambiantes, movedizos y fluctúan en función del periodo histórico en que nos encontremos». José Luis Hidalgo, pese a su corta vida y a su parca obra, pertenece por derecho propio a nuestra tradición poética reciente. Nos referimos, más en concreto, al periodo que comienza al final de la guerra civil y que se ha convenido en denominar literariamente primera generación de posguerra. Estudiosos de dicho periodo como Santiago Fortuño Llorens o Francisco Ruiz Soriano (autor, por cierto, de un magnífico estudio sobre José Luis Hidalgo titulado

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Tertulia de verano

 

Charlábamos tranquilos frente al mar melancólico.

Gaviotas en cascada.

Pensativa en la hamaca, se escapaba el instante.

La tarde era apacible.

Miraba el horizonte sintiendo eternidad.

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La merienda interrumpió la colección de hilos.

Se estaba bien, unos junto a otros,

hablando en silencio.

Enlazaba momentos.

Las pausas de la charla adormecían.

La humedad era casi un hallazgo.

terraza1

 

Todo parecía claro

y las transparencias hablaban con escalofrío.

La tarde ya era noche

y una manta entonces daba confianza

para seguir soñando.

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Sin moverme de la terraza,

conquistaba el firmamento.

pensando junto al mar

María Ángeles Chavarría, en La mirada de alguien sin importancia

FAMILIA Y ESCUELA: UN VÍNCULO NECESARIO

 

Por María Ángeles Chavarría

Publicado en: Familia y Escuela: un vínculo necesario

“Largo es el camino de la enseñanza por medio de teorías; breve y eficaz por medio de ejemplos”

SÉNECA

 

Desde hace años, el debate entre familia y escuela sigue generando tanto interés como desconcierto. Por un lado, parece obvio que ambos colectivos deben implicarse en la educación de un modo coordinado y pacífico. Sin embargo, por desgracia, esto no siempre ocurre así.

Son muchos los docentes que se quejan de que los progenitores no asisten a las tutorías o a las escuelas de padres. Asimismo, encontramos familias que protestan porque los profesores no comprenden a sus hijos o no les proporcionan el apoyo que ellos consideran necesario.

¿Quién está en lo cierto?

Ahí radica el conflicto, puesto que no se trata tanto de tener razón o de no tenerla, sino de aunar fuerzas para que el esfuerzo de todos vaya, con coherencia y continuidad, en la misma dirección para procurar el desarrollo integral del alumnado.

Y con este “desarrollo integral” nos referimos al ámbito intelectual y al emocional. Por lo tanto, tanto la familia como el profesorado deberá procurar espacios en los que los alumnos puedan comunicar sus inquietudes, experimentar lo aprendido y seguir manteniendo el interés por todo aquello que les rodea y que, antes o después, constituirá el principal foco de su aprendizaje.

Está comprobado que cuando la familia se preocupa e interesa activamente por la formación de sus hijos, estos aprenden con más ilusión al sentir que pueden compartir su aprendizaje y sus experiencias de aula.

Esta implicación no tiene que ver, en absoluto, con hacer las tareas por ellos ni con quitarles autonomía sino con escuchar sus preocupaciones, con mostrarles que están ahí como apoyo incondicional, con hablar con ellos de temas cotidianos, con compartir aficiones y descubrir sus talentos, con transmitirles valores sólidos con su propio ejemplo.

No se trata de angustiarse ni no se llega a todo, sino de procurar este acompañamiento y apoyo que debe extenderse a la presencia en el ámbito escolar: conocer a los profesores, asistir a las charlas y tutorías, acompañar a los niños cuando intervengan en alguna actuación o actividad escolar. Todo ello hace sentir a los niños y a los adolescentes que importan a sus padres. Se sienten queridos. Se sienten importantes. Ven sentido a su avance.

Por supuesto, esta atención exige un tiempo y un esfuerzo. De hecho, algunas de las dificultades que señalan las familias a la hora de implicarse más con los centros escolares (según indican Comellas, 2009; Gairín y Bris, 2007; y Romero, 2010) son la disponibilidad horaria debido al trabajo y la falta de información que reciben por parte del centro; el poco reconocimiento, especialmente del colectivo de padres; el escaso apoyo de las administraciones educativas y la poca confianza en el valor del trabajo. También parece influir el curso en el que se encuentran sus hijos, puesto que a medida que aumentan de curso, los progenitores se van desvinculando del centro y se implican menos con el sistema escolar y académico.

Por su parte, los profesores deben promover el vínculo entre sus alumnos y la familia animándolos a que les cuenten lo que hacen, a la vez que deben animar a los padres a que motiven a sus hijos en todo momento.

Esta motivación, todavía es más necesaria en el caso de los niños con necesidades especiales, en cuanto que sus progresos no siempre se corresponden a los que marcan los ciclos educativos. Por ese motivo, la carga emocional debe estar nutrida de sensibilidad y de paciencia.

 

 Todo ello supone intercambiar información y reflexiones sobre la educación que más favorezca a nuestros hijos y alumnos, a la vez que una adaptación a los cambios por parte de todos. Esta colaboración, según Bolívar (2006), requiere pasar de situaciones de participación aislada y parcial hasta una situación más organizada en la que tanto padres como docentes “sean socios de una empresa compartida: el aprendizaje de buena calidad”.

Es una tarea, un trabajo, un compromiso que implica compartir inquietudes, trasladar los conocimientos escolares a la vida cotidiana y ver el modo de integrar las vivencias del día a día en el ámbito académico, a fin de que el alumnado perciba un aprendizaje coherente y significativo.

En efecto, como indica Domínguez (2010), la educación es “cosa de dos”, lo que supone que “debe ser una tarea compartida” para la consecución del objetivo final.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

BOLÍVAR, A. (2006): “Familia y escuela: dos mundos llamados a trabajar en común”, Revista de Educación, 229, pp. 119-146.

COMELLAS, M.J. (2009): Familia y escuela: compartir la educación, Barcelona, Graó.

DOMÍNGUEZ MARTÍNEZ, S. (2010): “La educación, cosa de dos: La escuela y la familia”, Revista digital para profesionales de la enseñanza, número 8, mayo, pp. 1-15.

GAIRÍN, J. y BRIS, M. (2007): “La participación de los padres y madres en el sistema educativo”, Revista participación educativa, 1, pp.34-40.

ROMERO, M.J. (2010): Familia y escuela, Sevilla, Wanceulen.

Mi padre y el Capitán Tan

Mi padre me daba un beso de buenas noches; luego me despertaba y alguna vez pensé que lo había soñado. Pero el beso quedaba en cualquier caso, aunque yo deseaba que ese segundo intenso de ternura se prolongara más para poder contarle mi día de colegio, la pelea en el patio con mi amigo Manolo. Por eso los domingos corría como loco al cuarto de mis padres, empujaba a mi padre a trompicones para desayunar y no dejarle hablar, de tantas cosas que quería contarle, como si mi mandíbula fuese una pequeña máquina de hacer palabras.

palabras1         Mi madre era como Valentina, la más inteligente y sensata de Los Chiripitifláuticos. Todo lo sabía, era una pequeña enciclopedia. Cuando me enfadaba con algún amigo siempre me decía que había que dar a las cosas el valor que tienen y dedicar nuestras energías a aquellas que merecen realmente la pena. Y cuando me iba al campamento sólo me decía:

– Cuídate, hijo. Recuerda que tu principal responsabilidad es cuidar de ti mismo. Y luego, pásalo bien.

Me enseñó de mil maneras que la diversión no está reñida con la sensatez y que se podía jugar sin hacer el cafre, no como hacía una pandilla de mayores que intentaban atropellarnos con las bicicletas.

       Mi padre era parecido al Capitán Tan, tan Rataplán. Lo imaginaba cada día en un viaje fantástico, pero sabía que, por muy lejos que viajase, por la noche regresaba para darme su beso. Sigue leyendo “Mi padre y el Capitán Tan”

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