CANICAS maria-angeles-chavarria

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INFANCIA

INFANCIA

 

optimismo9No sé cuándo descubrí

que no estaba allí.

 

Desapareció de repente,

pero yo la sentía.

 

Quería mis alegres cuentos

que mi hermano atrapaba con sigilo curioso;

ir acompañada a la escuela

optimismo3saltando los charcos con mis indómitas botas blancas;

jugar a “Veo-veo” con mi padre

las tranquilas mañanas de domingo

y que mi madre me regalase un botón

si no prolongaba mis sueños perezosos en el frío invierno.

 

Quería construir fantásticos castillos en la playa

y cantar villancicos por Navidad,

comprar cromos en el Kiosco

y cambiar en el banco de la plaza los que nadie tenía;

Tenía una frescura azul, un desparpajo nervioso,

una timidez de ojos atentos…

y una cama voladora que siempre estaba en mis sueños.

 

Foto niña en lunaNo sé cuándo…

empecé a crecer.

 

María Ángeles Chavarría, de La mirada de alguien sin importancia

Retorno a la infancia

RETORNO A LA INFANCIA

chica elfo 001

 

He retornado a la infancia. Ese periodo liberador, pese a las prohibiciones, en que todo parecía ir bien. Entonces, ensimismada, silenciosa, tímida, jugaba mi papel de misteriosa y me refugiaba en la introversión para observar sin límites. Comportamientos, paisajes, interiores… todo entraba en mi mente y todo salía de ella coloreado por mi peculiar visión de la vida.

Ahora me encuentro un tanto perdida y no logro dar con los tonos adecuados para sombrear con pinceladas dulces un espacio abrupto, incoherente e injusto. Ahora, mis preguntas son más complejas que antes y lo más doloroso, para alguien que, como yo, cree en los sueños, es que la imaginación no siempre es válida para resolver los enigmas.

Por eso he retornado a la infancia, para volver a creer en lo imposible, para volver a sumergirme en ese mundo idílico de fantasía, para llorar sin complejos de adulta, para recibir ese abrazo, dulce, tierno, apacible, y que una voz cálida y segura me diga que todo está bien.

Niño frente a lago

María Ángeles Chavarría, de Pincelada con matices

Luna lunera

LUNA LUNERA

 lunacolores

De niña, me gustaba inventar canciones. “Niña, mira al cruzar”. Esa calle sin coches. Inventaba en el trayecto de mi casa a la lechería. Lechera verde manzana con tapa blanca. Redondita. Como mi cara. Como la luna. A esa luna cantaba. Esa luna mágica era la protagonista de mis canciones.

Era lo que más llamaba mi atención a lo largo del recorrido. Lo que más destacaba entre el paisaje de calles empedradas. Frío invierno. Cálida luna color de lumbre. Pequeña luna inaccesible.

En la cola seguía tarareando sin voz. Silenciosa tonadilla tímida. “¿Cuánta te pongo?” Mente lejana y danzarina. “¿Cuánta? ¿No me oyes?”. “Sí, sí. Dos litros. Perdone, no la había oído.”

Oía un murmullo. Las señoras hablaban de sus cosas. Eran las ocho de la tarde y muchas tenían prisa por hacer la cena. Había sábanas blancas en los balcones. Leche blanca. Luna blanca. Mi piel era blanca y el invierno frío.

Mis nueve años hacían juegos malabares con el espejo celeste. El paraíso lunar me acompañaba y yo no podía dejar de cantar. Temas lunáticos. Románticos temas de niña que aún cree en sirenas. Casi conseguía emocionarme con mi propia invención. “¡Qué rara es esa niña! ¡Siempre en las nubes!” Se equivocaban. No estaba en las nubes. Estaba en la luna.

Me decían que siempre llevaba las rodillas marcadas, que tropezaba con una raya de tiza. Pero el suelo no tenía la culpa. Era la luna, la inmensa luna, la que me cautivaba hasta el punto de perder la noción del tiempo y del espacio. “¿Cuánta leche has comprado?” “Dos litros, mamá”. La lechera estaba medio vacía. Zarandeada por el ligero bamboleo de mi cancionero. El resto estaba llenito de luna. Sin embargo, callaba. Nadie lo hubiese entendido.

camino y luna

María Ángeles Chavarría, de Pincelada con matices

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