8-agosto maria-angeles-chavarria

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El motor del cambio

El motor del cambio, y por tanto el proceso hacia él, es diferente para cada individuo. Hay quien lo vive en soledad mientras otros prefieren compartirlo y pedir asesoramiento. Cada caso es personal y único. Sin embargo, en lo que coincide la mayoría de personas que deciden “reinventarse” profesionalmente es en el deseo de desanclarse a partir de diversos sentimientos de insatisfacción. Por eso mismo, pese a lo difundido del término, prefiero hablar de “autodescubrimiento” que de “reinvención” en lo que se refiere al desarrollo personal y laboral. Si nos paramos a pensar, comprobamos que es menos agotador y más efectivo profundizar en quienes ya somos que volver a inventarnos cada vez que nuestro perfil o nuestra forma de ser no cuadra en los patrones que la sociedad modifica continuamente. Esta profundización no es estática y supone, por supuesto, una modificación de nuestra conducta y de nuestros pensamientos; sin embargo, supone una metamorfosis mucho más natural y coherente que el hecho de convertirnos en quienes no somos, incluso con brusquedad y prisas, solo porque lo exige el guion. Sigue leyendo “El motor del cambio”

Latidos

Quiero y me dejo querer.

 

Estreno contigo sentimientos silenciados

y comparto misterios entre risas de fiesta.

 

Puedo ser lo que soy

y aprendo a conocerte.

 

Me has regalado el viento, un desafío…

 

Un día, en mi soledad, te soñé;

y hoy, me aportas gotas de sueños

en cada huella que dejamos juntos.

 

Marcas el ritmo de la primavera y,

mes a mes, puedo ver tu corazón

en cada gesto.

 

Me has enseñado a soportar tempestades

y arropas con tu chispa mis dibujos de niña.

 

Descubro un pasaporte a las estrellas

cuando, con tu magia, rompes la monotonía.

 

Pienso en acuarelas desde que estás conmigo,

me disfrazas de reina cada vez que me miras.

 

Y, por fin, dejé mis amuletos

porque tú eres el trébol que oxigena mi alma.

1 María Ángeles Chavarría MIrada

(María Ángeles Chavarría, La mirada de alguien sin importancia, 1999)

Tertulia de verano

 

Charlábamos tranquilos frente al mar melancólico.

Gaviotas en cascada.

Pensativa en la hamaca, se escapaba el instante.

La tarde era apacible.

Miraba el horizonte sintiendo eternidad.

comedor-de-verano-en-la-terraza_galeria_landscape

 

La merienda interrumpió la colección de hilos.

Se estaba bien, unos junto a otros,

hablando en silencio.

Enlazaba momentos.

Las pausas de la charla adormecían.

La humedad era casi un hallazgo.

terraza1

 

Todo parecía claro

y las transparencias hablaban con escalofrío.

La tarde ya era noche

y una manta entonces daba confianza

para seguir soñando.

la-terraza

Sin moverme de la terraza,

conquistaba el firmamento.

pensando junto al mar

María Ángeles Chavarría, en La mirada de alguien sin importancia

Mi padre y el Capitán Tan

Mi padre me daba un beso de buenas noches; luego me despertaba y alguna vez pensé que lo había soñado. Pero el beso quedaba en cualquier caso, aunque yo deseaba que ese segundo intenso de ternura se prolongara más para poder contarle mi día de colegio, la pelea en el patio con mi amigo Manolo. Por eso los domingos corría como loco al cuarto de mis padres, empujaba a mi padre a trompicones para desayunar y no dejarle hablar, de tantas cosas que quería contarle, como si mi mandíbula fuese una pequeña máquina de hacer palabras.

palabras1         Mi madre era como Valentina, la más inteligente y sensata de Los Chiripitifláuticos. Todo lo sabía, era una pequeña enciclopedia. Cuando me enfadaba con algún amigo siempre me decía que había que dar a las cosas el valor que tienen y dedicar nuestras energías a aquellas que merecen realmente la pena. Y cuando me iba al campamento sólo me decía:

– Cuídate, hijo. Recuerda que tu principal responsabilidad es cuidar de ti mismo. Y luego, pásalo bien.

Me enseñó de mil maneras que la diversión no está reñida con la sensatez y que se podía jugar sin hacer el cafre, no como hacía una pandilla de mayores que intentaban atropellarnos con las bicicletas.

       Mi padre era parecido al Capitán Tan, tan Rataplán. Lo imaginaba cada día en un viaje fantástico, pero sabía que, por muy lejos que viajase, por la noche regresaba para darme su beso. Sigue leyendo “Mi padre y el Capitán Tan”

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