Magia en los bolsillos

MAGIA EN LOS BOLSILLOS

 

Tengo querencia de cosas en apariencia inútiles. No me malinterpretéis. No se trata de poseer. Tampoco tengo el síndrome de Diógenes. Hablo de pequeñeces con un sentido especial, de artilugios a los que añado una historia a partir de un recuerdo…

Lo sé. Dicen los psicólogos que hay que despedirse de las cosas, que no hay que aferrarse a nada. Pero ¿cómo dices adiós a aquello que te reconforta con tus evocaciones? ¿Cómo te despides de quien, sin estar, vive a través de los objetos?

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Mi padre y el Capitán Tan

Mi padre me daba un beso de buenas noches; luego me despertaba y alguna vez pensé que lo había soñado. Pero el beso quedaba en cualquier caso, aunque yo deseaba que ese segundo intenso de ternura se prolongara más para poder contarle mi día de colegio, la pelea en el patio con mi amigo Manolo. Por eso los domingos corría como loco al cuarto de mis padres, empujaba a mi padre a trompicones para desayunar y no dejarle hablar, de tantas cosas que quería contarle, como si mi mandíbula fuese una pequeña máquina de hacer palabras.

palabras1         Mi madre era como Valentina, la más inteligente y sensata de Los Chiripitifláuticos. Todo lo sabía, era una pequeña enciclopedia. Cuando me enfadaba con algún amigo siempre me decía que había que dar a las cosas el valor que tienen y dedicar nuestras energías a aquellas que merecen realmente la pena. Y cuando me iba al campamento sólo me decía:

– Cuídate, hijo. Recuerda que tu principal responsabilidad es cuidar de ti mismo. Y luego, pásalo bien.

Me enseñó de mil maneras que la diversión no está reñida con la sensatez y que se podía jugar sin hacer el cafre, no como hacía una pandilla de mayores que intentaban atropellarnos con las bicicletas.

       Mi padre era parecido al Capitán Tan, tan Rataplán. Lo imaginaba cada día en un viaje fantástico, pero sabía que, por muy lejos que viajase, por la noche regresaba para darme su beso. Seguir leyendo