El motor del cambio

El motor del cambio, y por tanto el proceso hacia él, es diferente para cada individuo. Hay quien lo vive en soledad mientras otros prefieren compartirlo y pedir asesoramiento. Cada caso es personal y único. Sin embargo, en lo que coincide la mayoría de personas que deciden “reinventarse” profesionalmente es en el deseo de desanclarse a partir de diversos sentimientos de insatisfacción. Por eso mismo, pese a lo difundido del término, prefiero hablar de “autodescubrimiento” que de “reinvención” en lo que se refiere al desarrollo personal y laboral. Si nos paramos a pensar, comprobamos que es menos agotador y más efectivo profundizar en quienes ya somos que volver a inventarnos cada vez que nuestro perfil o nuestra forma de ser no cuadra en los patrones que la sociedad modifica continuamente. Esta profundización no es estática y supone, por supuesto, una modificación de nuestra conducta y de nuestros pensamientos; sin embargo, supone una metamorfosis mucho más natural y coherente que el hecho de convertirnos en quienes no somos, incluso con brusquedad y prisas, solo porque lo exige el guion. Seguir leyendo

Mi padre y el Capitán Tan

Mi padre me daba un beso de buenas noches; luego me despertaba y alguna vez pensé que lo había soñado. Pero el beso quedaba en cualquier caso, aunque yo deseaba que ese segundo intenso de ternura se prolongara más para poder contarle mi día de colegio, la pelea en el patio con mi amigo Manolo. Por eso los domingos corría como loco al cuarto de mis padres, empujaba a mi padre a trompicones para desayunar y no dejarle hablar, de tantas cosas que quería contarle, como si mi mandíbula fuese una pequeña máquina de hacer palabras.

palabras1         Mi madre era como Valentina, la más inteligente y sensata de Los Chiripitifláuticos. Todo lo sabía, era una pequeña enciclopedia. Cuando me enfadaba con algún amigo siempre me decía que había que dar a las cosas el valor que tienen y dedicar nuestras energías a aquellas que merecen realmente la pena. Y cuando me iba al campamento sólo me decía:

– Cuídate, hijo. Recuerda que tu principal responsabilidad es cuidar de ti mismo. Y luego, pásalo bien.

Me enseñó de mil maneras que la diversión no está reñida con la sensatez y que se podía jugar sin hacer el cafre, no como hacía una pandilla de mayores que intentaban atropellarnos con las bicicletas.

       Mi padre era parecido al Capitán Tan, tan Rataplán. Lo imaginaba cada día en un viaje fantástico, pero sabía que, por muy lejos que viajase, por la noche regresaba para darme su beso. Seguir leyendo