Entrega de los premios Max Aub

El sábado 1 de junio se entregaron en Segorbe los premios del XXVII Certamen Internacional de Cuentos Max Aub en una Velada Literaria cuyo desarrollo se detalla en el siguiente enlace:

http://www.elperiodic.com/segorbe/noticias/241186_amigos-reunen-cena-literaria-entrega-xxvii-premio-internacional-cuentos.html

Estas imágenes reflejan el transcurso del evento, al que asistí como representante del jurado, y cómo lo disfruté en muy buena compañía.

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Gracias a la Fundación Max Aub por su excelente trato y felicidades a Fernando Villamía y a Miguel Alayrach por sus merecidos premios.

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Entrega de Premios en el Colegio de Licenciados

Una gran satisfacción entregar los premios de Investigación y del Certamen Literario en la sede del Colegio de Doctores y Licenciados de Valencia.

Junto a la decana, María Jesús Recio, y los premiados.

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Mi más sincera enhorabuena por vuestro trabajo.

Fallo certamen Max Aub 2013

En Segorbe, el día del fallo del certamen de relatos Max Aub, junto a los otros dos miembros del jurado: Emilio Calderón y Eugenia Rico.

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Con el presidente de la Fundación Max Aub, Francisco Latorre.

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Vídeo rueda de prensa sobre el fallo:

http://youtu.be/f5c4_8BshNc

Vídeo de valoración de los encuentros de estudiantes y autores:

http://youtu.be/2Hjk4VV6DyA

Por la tarde se unieron al grupo: Teresa, nieta de Max Aub, y María José, la archivera de la Fundación.

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Al día siguiente, tras un encuentro con alumnos y profesores de varios institutos, los miembros del jurado aprovechamos para recorrer las calles segorbinas, visitar sus monumentos y subir al castillo. ¡Por fin un día soleado para respirar el aire del Alto Palancia!

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Gracias a todos por esta maravillosa experiencia. ¡Y enhorabuena a los premiados!

Taller de Relato Juvenil

Taller de Relato Juvenil en la ESCUELA DE LAS PALABRAS a partir del 24 de abril de 2013

“Haz de tu vida un sueño, y de tus sueños una realidad” (Saint Exupèry)

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Taller relato juvenil en la Escuela de las Palabras

Fotografías de qué sé yo

FOTOGRAFÍAS DE QUÉ SÉ YO

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 La hierba o la fábrica. Todo desfallece ante su clic. Flash y permanencia. Una obsesión. Captar la esencia de la esencia.

El tiempo mata los gritos de los objetos. Fotografío para no olvidar. Para no dejar a una vajilla muerta. Destartalada por el desamor.

No sé qué quedará. La imagen salva. Quiero salvar los pétalos del fin. La risa descontrolada de un movimiento. La tibieza de una mesa camilla. Unas manos gastadas. Un gesto que no tiene antecedentes.

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Un día me propuse fotografiar la pena. Logré captar la tristeza, la ternura, la soledad. Transporté el objetivo a la piel de los entes y los seres. Puse mi corazón en una lente. Lo dejé a la intemperie. Niebla. Filtros. El mundo era una gran fotografía. El mundo se dejaba mirar por mis ojos. El marco era el único límite. Desnudo en blanco y negro. Alma en color.

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El mensaje pervive despechado. Los álbumes soportan los silencios. Relojes. Risas. Rostros. Rituales. Ese sabor a esencia duerme ahora en negativos.

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 María Ángeles Chavarría, de  Pincelada con matices

Luna lunera

LUNA LUNERA

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De niña, me gustaba inventar canciones. “Niña, mira al cruzar”. Esa calle sin coches. Inventaba en el trayecto de mi casa a la lechería. Lechera verde manzana con tapa blanca. Redondita. Como mi cara. Como la luna. A esa luna cantaba. Esa luna mágica era la protagonista de mis canciones.

Era lo que más llamaba mi atención a lo largo del recorrido. Lo que más destacaba entre el paisaje de calles empedradas. Frío invierno. Cálida luna color de lumbre. Pequeña luna inaccesible.

En la cola seguía tarareando sin voz. Silenciosa tonadilla tímida. “¿Cuánta te pongo?” Mente lejana y danzarina. “¿Cuánta? ¿No me oyes?”. “Sí, sí. Dos litros. Perdone, no la había oído.”

Oía un murmullo. Las señoras hablaban de sus cosas. Eran las ocho de la tarde y muchas tenían prisa por hacer la cena. Había sábanas blancas en los balcones. Leche blanca. Luna blanca. Mi piel era blanca y el invierno frío.

Mis nueve años hacían juegos malabares con el espejo celeste. El paraíso lunar me acompañaba y yo no podía dejar de cantar. Temas lunáticos. Románticos temas de niña que aún cree en sirenas. Casi conseguía emocionarme con mi propia invención. “¡Qué rara es esa niña! ¡Siempre en las nubes!” Se equivocaban. No estaba en las nubes. Estaba en la luna.

Me decían que siempre llevaba las rodillas marcadas, que tropezaba con una raya de tiza. Pero el suelo no tenía la culpa. Era la luna, la inmensa luna, la que me cautivaba hasta el punto de perder la noción del tiempo y del espacio. “¿Cuánta leche has comprado?” “Dos litros, mamá”. La lechera estaba medio vacía. Zarandeada por el ligero bamboleo de mi cancionero. El resto estaba llenito de luna. Sin embargo, callaba. Nadie lo hubiese entendido.

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María Ángeles Chavarría, de Pincelada con matices

LA VENTANA IGNORADA

Un cuento nostálgico para esta época del año.

Portada Cuentos sin máscaras

 

LA VENTANA IGNORADA

 

“Volver, pasados los años,

hacia la felicidad

-para verse y recordar

que yo también he cambiado.”

Jaime Gil de Biedma, “Volver” (de Moralidades)

 

El invierno me parece fascinante. Invita a fantasear, mientras escuchas el  monótono y adormecedor sonsonete de la lluvia, saboreas una tonificante taza de café bien caliente y contemplas medio adormilada cómo se empañan poco a poco los cristales.

 

En realidad, esa ventana, salpicada de gotas y sueños, siempre había estado ahí; pero yo, habitualmente abstraída por mis preocupaciones y desvelos, no la descubrí hasta las pasadas navidades, cuando mis abuelos decidieron reunir, como antes, a todos los nietos.

 

Llegamos el segundo día de Navidad. En la ciudad apenas parece que ese día exista. Vagabundeas por las calles salpicadas de adornos y luces y cruzas por el paso de peatones cargada de regalos. Pero ese día no es de los especiales, parece que no sepa tanto a familia. En el pueblo, no obstante, es diferente. Las mujeres vuelven del horno con sus pastelitos recién tostados y en todos los hogares huele a turrón, a charla sin prisas, a paz sin límites… Allí no se hacía nada excepcional y, sin embargo, todo resultaba extraordinario.

 

Me gustaba mucho ir a aquel caserón. Mis abuelos sabían que yo siempre tengo frío y, cuando me veían llegar atizaban el fuego del brasero para que sintiera el calor bajo la mesa camilla. El suyo era un ardor familiar que quemaba mucho más. Les satisfacía vernos juntos y, a cada uno nos obsequiaban con el deseo más preciado. En mi caso, el costurero de mi abuela había sido mi cajita mágica. Me gustaba revolver entre los botones, ordenarlos por colores y tamaños, hacer dibujos con ellos ensayando combinaciones… Luego inventaba historias, mientras mi hermano y mis primos jugaban con cochecitos de miniatura. Pensaba que, igual que la caja de costura, yo también era mágica y podía volar. Quería escalar árboles, atrapar sensaciones, adivinar pensamientos y descubrir el misterio de las cosquillas. ¿Quién le habría enseñado a mi padre a hacer brotar caramelos de detrás de las orejas? Seguro que había sido mi abuelo. Él lo sabía todo. Tendría que preguntarle a él, porque yo, por mucho que repitiera las palabras que oía pronunciar antes de la aparición, no conseguía que tuviera lugar el prodigio.

 

Mi abuelo paterno era todo él bondad. Una de esas personas en las que sólo encuentras cualidades. Cualquier cosa le emocionaba y las lágrimas aparecían prestas en sus ojos. Yo le quería porque era muy tierno y muy niño. Nunca se cansaba de jugar con nosotros. Nos abrazaba, nos besaba y nos daba paseos en su carretilla. Íbamos con él al campo, acompañándole a regar las parcelas, y apreciamos el sabor de un tomate recién abierto y el dulzor de las ciruelas maduras. Tenía montones de cuadernos donde anotaba, paso a paso, sus quehaceres diarios. Él me construyó mi primera cabaña y me convirtió en pirata de montaña. Gracias a él tuve mi primera bicicleta de dos ruedas, hecha con tornillos y piezas que nadie quería, y también me aleccionó para  no caerme de ella, cuando sólo contaba con cuatro años. Me regaló mi primer reloj y mi primera máquina de escribir. Él me enseñó a ser sensible.

 

Mi abuela era menudita y vivaracha. Salía a comprar cuatro veces al día para conversar con la gente del pueblo. Era puro nervio. Le gustaba charlar y conocía a todo el mundo. Disfrutaba preparando meriendas para sus nietos y yo, como era la mayor, le ayudaba a untar los bocadillos con mantequilla de colores. Me dejaba revolver en su baúl, donde guardaba cachivaches de otra época, y en sus cajones, para ver fotos antiguas; siempre que, al final, dejara todo como estaba al principio.

 

Así estaba yo, como de pequeña, sentada en la mesa camilla; pero ahora miraba por la ventana. Desde allí se divisaban tres apetecibles cerezos encarnados. Aquellos cerezos habían sido motivo de fiesta en primavera y causa de reuniones al pie de los árboles, para celebrar el esperado fruto. Veía un entresijo de callejuelas que se enredaban sin aclarar al caminante. Finalmente se convertían en caminos de piedra, luego de tierra, por los que atrapabas matorrales durante el paseo. Y, si querías aventurarte, se podía ascender a la montaña desde cuya cumbre se admiraba el inmenso pantano. Ciertamente, me encontraba en el palco perfecto para apreciar las más hermosas puestas de sol.

 

Desde aquella ventana había llamado mi abuela a mi padre y a mis tíos para que cambiaran el juego por la merienda y, también desde allí, arbitró mi hermano, de bien pequeño, un partido de fútbol con sus amigos, una tarde de invierno que le castigaron a no salir. ¡Tenía imaginación el chiquillo! Desde allí se recibieron buenas noticias, se dieron bienvenidas y se repartieron saludos y sonrisas. Aquel ventanal jaranero y festivo permitió compartir los acontecimientos privados del hogar con el aire fresco de la mañana.

 

Al finalizar el día yo me sentía nostálgica, mientras preparaba el equipaje interior que me devolvería a la civilización. Luego vinieron las despedidas, los abrazos… Por fin, nos alejamos. Yo seguía viendo a mis abuelos asomados a aquella ventana, tan vital para todos nosotros. Pensé que reparamos demasiado poco en las cosas realmente importantes y que la emoción puede ser causada por una música, por un libro, por un paisaje… o por una ventana.

 

EL REFLEJO DEL YO

 Portada Pincelada con matices

Calambreaban todos mis músculos. Conocer al yo. Exactamente no presentía el efecto. Todo era cuestión de columpiarse en el destino. Quería ver del fondo.

El pozo era profundo. Tantas veces me había acercado a él y ninguna me llegué a asomar. ¿Por qué? El agua reflejaba las vacilaciones, los miedos, los trucos cotidianos para sobrevivir. El agua también reflejaba esos deseos acurrucados en el vientre de los sueños. Aireaba pequeñeces descontroladas. Hacía revivir relajaciones frente a las disposiciones bien dispuestas. Irradiaba la propia insignificancia. Agua escalofriada. Agua repleta de símbolos, de sinestesias, de epanadiplosis, de onomatopeyas. Agua vestida de fugacidad. Agua sincera.

Emborroné mis prejuicios. Taché del atlas mis cegueras. Di unos pasos al frente. Quise dejar atrás al muchacho grillo. Cri, cri. Me escondía tras un arbusto. Cri, cri. Nadie escuchaba mis criqueos. Faltaba energía en mi voz. No más muchacho grillo. Muchacho engullido por el bosque-sombra. Muchacho llama. Muchacho anhelante de caricias.

Primera visión. Espanto. Lógica debilidad. Se ha quebrado el mar del mundo. Pataleo. Duerme la nostalgia. Despierta la extrañeza. La inocencia muere. Y yo solo. Indefensión conjurada por un hilo de burbuja. ¿Resentido? Soy un títere en cuerda floja. Una cometa sin mano. Un tarareo sin letra. Algo por definir.

Me diluyo en el enigma. Aspiro el brillo reflejado. El contacto envuelve mis fronteras. Ya no puedo parar. Tengo que sumergirme por completo. Frío. Calor. Tristeza. Dicha. No sé si levantarme o entregarme a la verdad desorbitada. La vida se ha vaciado de recatos. Las luces han fruncido un cuestionario. ¿Quién soy? Dímelo agua. Dímelo espejo. Demasiada ambición llegar al fondo. La vida es huraña con las preguntas. Y quedan demasiadas.

Ya no canto en susurros. He descongestionado mis pulmones. Ya no oculto mi desarmonía. Sigo buscando huellas. Soy un hombre palabra. Un hombre piel. Un hombre que se busca. Como todos.

(María Ángeles Chavarría, de Pincelada con matices)

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