LA VENTANA IGNORADA

Un cuento nostálgico para esta época del año.

Portada Cuentos sin máscaras

 

LA VENTANA IGNORADA

 

“Volver, pasados los años,

hacia la felicidad

-para verse y recordar

que yo también he cambiado.”

Jaime Gil de Biedma, “Volver” (de Moralidades)

 

El invierno me parece fascinante. Invita a fantasear, mientras escuchas el  monótono y adormecedor sonsonete de la lluvia, saboreas una tonificante taza de café bien caliente y contemplas medio adormilada cómo se empañan poco a poco los cristales.

 

En realidad, esa ventana, salpicada de gotas y sueños, siempre había estado ahí; pero yo, habitualmente abstraída por mis preocupaciones y desvelos, no la descubrí hasta las pasadas navidades, cuando mis abuelos decidieron reunir, como antes, a todos los nietos.

 

Llegamos el segundo día de Navidad. En la ciudad apenas parece que ese día exista. Vagabundeas por las calles salpicadas de adornos y luces y cruzas por el paso de peatones cargada de regalos. Pero ese día no es de los especiales, parece que no sepa tanto a familia. En el pueblo, no obstante, es diferente. Las mujeres vuelven del horno con sus pastelitos recién tostados y en todos los hogares huele a turrón, a charla sin prisas, a paz sin límites… Allí no se hacía nada excepcional y, sin embargo, todo resultaba extraordinario.

 

Me gustaba mucho ir a aquel caserón. Mis abuelos sabían que yo siempre tengo frío y, cuando me veían llegar atizaban el fuego del brasero para que sintiera el calor bajo la mesa camilla. El suyo era un ardor familiar que quemaba mucho más. Les satisfacía vernos juntos y, a cada uno nos obsequiaban con el deseo más preciado. En mi caso, el costurero de mi abuela había sido mi cajita mágica. Me gustaba revolver entre los botones, ordenarlos por colores y tamaños, hacer dibujos con ellos ensayando combinaciones… Luego inventaba historias, mientras mi hermano y mis primos jugaban con cochecitos de miniatura. Pensaba que, igual que la caja de costura, yo también era mágica y podía volar. Quería escalar árboles, atrapar sensaciones, adivinar pensamientos y descubrir el misterio de las cosquillas. ¿Quién le habría enseñado a mi padre a hacer brotar caramelos de detrás de las orejas? Seguro que había sido mi abuelo. Él lo sabía todo. Tendría que preguntarle a él, porque yo, por mucho que repitiera las palabras que oía pronunciar antes de la aparición, no conseguía que tuviera lugar el prodigio.

 

Mi abuelo paterno era todo él bondad. Una de esas personas en las que sólo encuentras cualidades. Cualquier cosa le emocionaba y las lágrimas aparecían prestas en sus ojos. Yo le quería porque era muy tierno y muy niño. Nunca se cansaba de jugar con nosotros. Nos abrazaba, nos besaba y nos daba paseos en su carretilla. Íbamos con él al campo, acompañándole a regar las parcelas, y apreciamos el sabor de un tomate recién abierto y el dulzor de las ciruelas maduras. Tenía montones de cuadernos donde anotaba, paso a paso, sus quehaceres diarios. Él me construyó mi primera cabaña y me convirtió en pirata de montaña. Gracias a él tuve mi primera bicicleta de dos ruedas, hecha con tornillos y piezas que nadie quería, y también me aleccionó para  no caerme de ella, cuando sólo contaba con cuatro años. Me regaló mi primer reloj y mi primera máquina de escribir. Él me enseñó a ser sensible.

 

Mi abuela era menudita y vivaracha. Salía a comprar cuatro veces al día para conversar con la gente del pueblo. Era puro nervio. Le gustaba charlar y conocía a todo el mundo. Disfrutaba preparando meriendas para sus nietos y yo, como era la mayor, le ayudaba a untar los bocadillos con mantequilla de colores. Me dejaba revolver en su baúl, donde guardaba cachivaches de otra época, y en sus cajones, para ver fotos antiguas; siempre que, al final, dejara todo como estaba al principio.

 

Así estaba yo, como de pequeña, sentada en la mesa camilla; pero ahora miraba por la ventana. Desde allí se divisaban tres apetecibles cerezos encarnados. Aquellos cerezos habían sido motivo de fiesta en primavera y causa de reuniones al pie de los árboles, para celebrar el esperado fruto. Veía un entresijo de callejuelas que se enredaban sin aclarar al caminante. Finalmente se convertían en caminos de piedra, luego de tierra, por los que atrapabas matorrales durante el paseo. Y, si querías aventurarte, se podía ascender a la montaña desde cuya cumbre se admiraba el inmenso pantano. Ciertamente, me encontraba en el palco perfecto para apreciar las más hermosas puestas de sol.

 

Desde aquella ventana había llamado mi abuela a mi padre y a mis tíos para que cambiaran el juego por la merienda y, también desde allí, arbitró mi hermano, de bien pequeño, un partido de fútbol con sus amigos, una tarde de invierno que le castigaron a no salir. ¡Tenía imaginación el chiquillo! Desde allí se recibieron buenas noticias, se dieron bienvenidas y se repartieron saludos y sonrisas. Aquel ventanal jaranero y festivo permitió compartir los acontecimientos privados del hogar con el aire fresco de la mañana.

 

Al finalizar el día yo me sentía nostálgica, mientras preparaba el equipaje interior que me devolvería a la civilización. Luego vinieron las despedidas, los abrazos… Por fin, nos alejamos. Yo seguía viendo a mis abuelos asomados a aquella ventana, tan vital para todos nosotros. Pensé que reparamos demasiado poco en las cosas realmente importantes y que la emoción puede ser causada por una música, por un libro, por un paisaje… o por una ventana.

 

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2 respuestas a LA VENTANA IGNORADA

  1. !!Qué bonito!! ¿Ves lo que te decía que la Navidad que vivimos de pequeñas ya no es lo mismo que ahora?

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