FAMILIA Y ESCUELA: UN VÍNCULO NECESARIO

 

Por María Ángeles Chavarría

Publicado en: Familia y Escuela: un vínculo necesario

“Largo es el camino de la enseñanza por medio de teorías; breve y eficaz por medio de ejemplos”

SÉNECA

 

Desde hace años, el debate entre familia y escuela sigue generando tanto interés como desconcierto. Por un lado, parece obvio que ambos colectivos deben implicarse en la educación de un modo coordinado y pacífico. Sin embargo, por desgracia, esto no siempre ocurre así.

Son muchos los docentes que se quejan de que los progenitores no asisten a las tutorías o a las escuelas de padres. Asimismo, encontramos familias que protestan porque los profesores no comprenden a sus hijos o no les proporcionan el apoyo que ellos consideran necesario.

¿Quién está en lo cierto?

Ahí radica el conflicto, puesto que no se trata tanto de tener razón o de no tenerla, sino de aunar fuerzas para que el esfuerzo de todos vaya, con coherencia y continuidad, en la misma dirección para procurar el desarrollo integral del alumnado.

Y con este “desarrollo integral” nos referimos al ámbito intelectual y al emocional. Por lo tanto, tanto la familia como el profesorado deberá procurar espacios en los que los alumnos puedan comunicar sus inquietudes, experimentar lo aprendido y seguir manteniendo el interés por todo aquello que les rodea y que, antes o después, constituirá el principal foco de su aprendizaje.

Está comprobado que cuando la familia se preocupa e interesa activamente por la formación de sus hijos, estos aprenden con más ilusión al sentir que pueden compartir su aprendizaje y sus experiencias de aula.

Esta implicación no tiene que ver, en absoluto, con hacer las tareas por ellos ni con quitarles autonomía sino con escuchar sus preocupaciones, con mostrarles que están ahí como apoyo incondicional, con hablar con ellos de temas cotidianos, con compartir aficiones y descubrir sus talentos, con transmitirles valores sólidos con su propio ejemplo.

No se trata de angustiarse ni no se llega a todo, sino de procurar este acompañamiento y apoyo que debe extenderse a la presencia en el ámbito escolar: conocer a los profesores, asistir a las charlas y tutorías, acompañar a los niños cuando intervengan en alguna actuación o actividad escolar. Todo ello hace sentir a los niños y a los adolescentes que importan a sus padres. Se sienten queridos. Se sienten importantes. Ven sentido a su avance.

Por supuesto, esta atención exige un tiempo y un esfuerzo. De hecho, algunas de las dificultades que señalan las familias a la hora de implicarse más con los centros escolares (según indican Comellas, 2009; Gairín y Bris, 2007; y Romero, 2010) son la disponibilidad horaria debido al trabajo y la falta de información que reciben por parte del centro; el poco reconocimiento, especialmente del colectivo de padres; el escaso apoyo de las administraciones educativas y la poca confianza en el valor del trabajo. También parece influir el curso en el que se encuentran sus hijos, puesto que a medida que aumentan de curso, los progenitores se van desvinculando del centro y se implican menos con el sistema escolar y académico.

Por su parte, los profesores deben promover el vínculo entre sus alumnos y la familia animándolos a que les cuenten lo que hacen, a la vez que deben animar a los padres a que motiven a sus hijos en todo momento.

Esta motivación, todavía es más necesaria en el caso de los niños con necesidades especiales, en cuanto que sus progresos no siempre se corresponden a los que marcan los ciclos educativos. Por ese motivo, la carga emocional debe estar nutrida de sensibilidad y de paciencia.

 

 Todo ello supone intercambiar información y reflexiones sobre la educación que más favorezca a nuestros hijos y alumnos, a la vez que una adaptación a los cambios por parte de todos. Esta colaboración, según Bolívar (2006), requiere pasar de situaciones de participación aislada y parcial hasta una situación más organizada en la que tanto padres como docentes “sean socios de una empresa compartida: el aprendizaje de buena calidad”.

Es una tarea, un trabajo, un compromiso que implica compartir inquietudes, trasladar los conocimientos escolares a la vida cotidiana y ver el modo de integrar las vivencias del día a día en el ámbito académico, a fin de que el alumnado perciba un aprendizaje coherente y significativo.

En efecto, como indica Domínguez (2010), la educación es “cosa de dos”, lo que supone que “debe ser una tarea compartida” para la consecución del objetivo final.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

BOLÍVAR, A. (2006): “Familia y escuela: dos mundos llamados a trabajar en común”, Revista de Educación, 229, pp. 119-146.

COMELLAS, M.J. (2009): Familia y escuela: compartir la educación, Barcelona, Graó.

DOMÍNGUEZ MARTÍNEZ, S. (2010): “La educación, cosa de dos: La escuela y la familia”, Revista digital para profesionales de la enseñanza, número 8, mayo, pp. 1-15.

GAIRÍN, J. y BRIS, M. (2007): “La participación de los padres y madres en el sistema educativo”, Revista participación educativa, 1, pp.34-40.

ROMERO, M.J. (2010): Familia y escuela, Sevilla, Wanceulen.

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mirada fuente M.A.Chavarría

 

 

De Sintiendo el silencio (María Ángeles Chavarría)

Dibujo de Alejandra Salvador Chavarría

INFANCIA

INFANCIA

 

optimismo9No sé cuándo descubrí

que no estaba allí.

 

Desapareció de repente,

pero yo la sentía.

 

Quería mis alegres cuentos

que mi hermano atrapaba con sigilo curioso;

ir acompañada a la escuela

optimismo3saltando los charcos con mis indómitas botas blancas;

jugar a “Veo-veo” con mi padre

las tranquilas mañanas de domingo

y que mi madre me regalase un botón

si no prolongaba mis sueños perezosos en el frío invierno.

 

Quería construir fantásticos castillos en la playa

y cantar villancicos por Navidad,

comprar cromos en el Kiosco

y cambiar en el banco de la plaza los que nadie tenía;

Tenía una frescura azul, un desparpajo nervioso,

una timidez de ojos atentos…

y una cama voladora que siempre estaba en mis sueños.

 

Foto niña en lunaNo sé cuándo…

empecé a crecer.

 

María Ángeles Chavarría, de La mirada de alguien sin importancia

Comienzo de AVENTURAS LITERARIAS: LAS EXTRAÑAS NOTAS DEL PRESIDIARIO

 Inicio del primer capítulo de Aventuras literarias: las extrañas notas del presidiario

cubierta aventuras literarias

Es curioso cómo nos afecta un comentario de los demás. Alguien querido arremete contra nosotros y ¡puf! el mundo se desmorona. Nuestros valores se tambalean cuando la autoestima está destemplada. Y nosotros… Nosotros nos convertimos en juguetes de feria a quienes se les ha acabado la batería.

Las emociones mueven el mundo y la mayoría de los mortales, los que al menos no somos fríos y distantes, nos dejamos arrastrar por un instante de rabia, fracaso o desolación.

Me preguntaba por qué todas las ilusiones de una persona pueden irse al traste en un segundo. En serio ¿podían influir tanto unas palabras dichas sin el más mínimo fundamento solo pronunciadas para herir a otra persona?

Por eso me refugié en los libros. Quería tener una segunda opinión.

Yo fui una niña frágil aparentemente. Fui el dardo de envidiosos y abusones. A nadie le gustaba que pensara con voz propia ni siquiera aunque esa voz permaneciera callada, pues ya me guardaba mucho de manifestarme. Pero, eso sí, no me dejaba manipular.

Por eso, en realidad, parecía frágil; pero iba a la mía, por mi camino, por mi senda de palabras y mis confidentes invisibles: los libros.

Y esto me sirvió cuando me convertí en una adolescente, confusa y vulnerable.

En ese momento entró William en mi vida. Justo cuando acababa de cumplir diecisiete años.

Él era ese chico que yo jamás hubiera soñado se fijaría en mí. Líder y altivo, una mirada suya movía a todo el grupo. Los chicos le seguían y las chicas suspiraban por sus huesos. Y yo era la envidia de todas ellas por haberle sabido engatusar. Ahora bien, todavía no sabía cómo. Ni yo misma me creía que el tipo duro de la clase, el más guapo de todos, se hubiese fijado en mí.

Era lógico, pues, que sus deseos fuesen órdenes para mí.

¿Cómo pude ser tan tonta? Pero eso es fácil decirlo ahora que ha pasado un tiempo y veo las cosas desde la distancia. Cuando estás poseída por la pantalla del enamoramiento todo lo ves bajo el prisma que te interesa y tu chico te parece perfecto, haga lo que haga y diga lo que diga; por mucho que sus acciones y palabras te degraden y pisoteen tu autoestima hasta límites insospechados. Pero en esos instantes no ves nada de lo que no te interesa ver. Ni siquiera escuchas las opiniones de las personas cercanas que sabes, a ciencia cierta, no te van a engañar.

La verdad es que nunca me sentí sola. Siempre tuve buenos amigos a quienes comentar mis preocupaciones. Y esos amigos los supe compartir con otros que se encontraron perdidos, que se abatieron a la primera de cambio o que, simplemente, se aburrían de todo lo que esta sociedad ponía a su alcance y querían pasar un buen rato sin fingir delante de nadie. También estaban mis padres, por supuesto, pero a veces pensamos, sobre todo en algunas épocas de nuestra vida, que ellos son de otra pasta, que no nos van a entender porque no son jóvenes o no son modernos o, simplemente, porque son padres. Pero también eso lo descubrí mucho más tarde, después de haber vuelto loca a mi madre con mi “déjame, no me pasa nada” o de dar por perdida la comunicación fluida con mi padre cuando, a la más mínima queja, me salía con el “tenéis demasiadas cosas, no valoráis nada” y otras retahílas por el estilo. Lo malo es que tenía razón, pero yo, en mi papel de adolescente rebelde o pasota o vete a saber qué y con mi ceguera para apreciar lo que realmente tenía valor, era incapaz de reconocerlo. De mis dos hermanos pequeños, mejor ni hablo. Esos solo se encargaban de fastidiarme.

Ser uno mismo, sin perder el norte, es un camino duro. Para quienes se pierdan, les recomiendo los libros. El mejor refugio, incluso para perderse, una biblioteca. A mí, al menos, me sirvió, me sirve. Y mucho.

Allí me sumergí, en una biblioteca con mucha historia. No quería que fuese la de mi barrio. No. Quería una un poco aislada de mi ámbito habitual, para no encontrar a nadie conocido. Y no es porque mis amigos frecuentasen demasiado las bibliotecas ni tampoco porque me importase demasiado la opinión de los demás. Bastante me había afectado ya la opinión de William. ¡Menuda dependencia! No. Lo que buscaba era un poco de recogimiento, aunque esa palabra sonase algo monacal.

Y precisamente fui a parar a un antiguo monasterio. Sin pensármelo dos veces, me dirigí a la Biblioteca de San Miguel de los Reyes.

Lo cierto es que cuando entras allí te sientes muy pequeña; aunque es posible que yo me sintiese así incluso penetrando en un hormiguero de tan diminuta e insignificante como me sentía en aquellos momentos. Había visitado aquel monumental edificio en otras ocasiones, pero solo entonces, sin la compañía de mis compañeros y del profesor de turno que organizó la actividad, fui consciente de la magnitud de tan inmensa obra. Sin embargo, no tenía idea de la dimensión que mi pequeño paso iba a suponer en mi vida futura.

 […]

2 Huella (al final del todo)

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