Taller de Novela Corta en la ESCUELA DE LAS PALABRAS (a partir de 24 abril 1013)
“El gran estilo surge cuando lo bello vence a lo enorme” (Nietzche)
fragmentos de novelas
El próximo sábado 6 de abril en el programa “Espacio Empresa” de TVE2, a las 13 h (aprox.min.15′), se hablará del libro MI PADRE ES UN MAGO: LA EMPRESA FAMILIAR VISTA POR UN NIÑO
Índice:
Capítulo 1. El dilema
Capítulo 2. Mi primera asignación: cinco pesetas (o aquí todos ahorramos)
Capítulo 3. El niño, en la cama, como siempre
Capítulo 4. Mi primo Olegario con corbata
Capítulo 5. ¡Heidi lleva el traje rojo!
Capítulo 6. Papá, ¿estás enfadado?
Capítulo 7. Avon llama a tu puerta (o Roberta, la chica de las tupperware)
Capítulo 8. Mi amigo Roque, el del kiosco
Capítulo 9. Esteban, el señor importante
Capítulo 10. Silvano, el vendedor de patatas (o cuando las cosas se ponen feas)
Capítulo 11. Mi papá nunca está enfermo
Capítulo 12. Hoy toca comida familiar
Capítulo 13. Hijo, mira a ver quién llama (o ¿por qué a mediodía siempre suena el teléfono?)
Capítulo 14. Un despido no es sólo decir adiós
Capítulo 15. El maletín del fin de semana y de las vacaciones
Capítulo 16. Mi padre es un mago (creó su empresa de la nada)
Capítulo 17. La decisión
Inicio del primer capítulo de Aventuras literarias: las extrañas notas del presidiario
Es curioso cómo nos afecta un comentario de los demás. Alguien querido arremete contra nosotros y ¡puf! el mundo se desmorona. Nuestros valores se tambalean cuando la autoestima está destemplada. Y nosotros… Nosotros nos convertimos en juguetes de feria a quienes se les ha acabado la batería.
Las emociones mueven el mundo y la mayoría de los mortales, los que al menos no somos fríos y distantes, nos dejamos arrastrar por un instante de rabia, fracaso o desolación.
Me preguntaba por qué todas las ilusiones de una persona pueden irse al traste en un segundo. En serio ¿podían influir tanto unas palabras dichas sin el más mínimo fundamento solo pronunciadas para herir a otra persona?
Por eso me refugié en los libros. Quería tener una segunda opinión.
Yo fui una niña frágil aparentemente. Fui el dardo de envidiosos y abusones. A nadie le gustaba que pensara con voz propia ni siquiera aunque esa voz permaneciera callada, pues ya me guardaba mucho de manifestarme. Pero, eso sí, no me dejaba manipular.
Por eso, en realidad, parecía frágil; pero iba a la mía, por mi camino, por mi senda de palabras y mis confidentes invisibles: los libros.
Y esto me sirvió cuando me convertí en una adolescente, confusa y vulnerable.
En ese momento entró William en mi vida. Justo cuando acababa de cumplir diecisiete años.
Él era ese chico que yo jamás hubiera soñado se fijaría en mí. Líder y altivo, una mirada suya movía a todo el grupo. Los chicos le seguían y las chicas suspiraban por sus huesos. Y yo era la envidia de todas ellas por haberle sabido engatusar. Ahora bien, todavía no sabía cómo. Ni yo misma me creía que el tipo duro de la clase, el más guapo de todos, se hubiese fijado en mí.
Era lógico, pues, que sus deseos fuesen órdenes para mí.
¿Cómo pude ser tan tonta? Pero eso es fácil decirlo ahora que ha pasado un tiempo y veo las cosas desde la distancia. Cuando estás poseída por la pantalla del enamoramiento todo lo ves bajo el prisma que te interesa y tu chico te parece perfecto, haga lo que haga y diga lo que diga; por mucho que sus acciones y palabras te degraden y pisoteen tu autoestima hasta límites insospechados. Pero en esos instantes no ves nada de lo que no te interesa ver. Ni siquiera escuchas las opiniones de las personas cercanas que sabes, a ciencia cierta, no te van a engañar.
La verdad es que nunca me sentí sola. Siempre tuve buenos amigos a quienes comentar mis preocupaciones. Y esos amigos los supe compartir con otros que se encontraron perdidos, que se abatieron a la primera de cambio o que, simplemente, se aburrían de todo lo que esta sociedad ponía a su alcance y querían pasar un buen rato sin fingir delante de nadie. También estaban mis padres, por supuesto, pero a veces pensamos, sobre todo en algunas épocas de nuestra vida, que ellos son de otra pasta, que no nos van a entender porque no son jóvenes o no son modernos o, simplemente, porque son padres. Pero también eso lo descubrí mucho más tarde, después de haber vuelto loca a mi madre con mi “déjame, no me pasa nada” o de dar por perdida la comunicación fluida con mi padre cuando, a la más mínima queja, me salía con el “tenéis demasiadas cosas, no valoráis nada” y otras retahílas por el estilo. Lo malo es que tenía razón, pero yo, en mi papel de adolescente rebelde o pasota o vete a saber qué y con mi ceguera para apreciar lo que realmente tenía valor, era incapaz de reconocerlo. De mis dos hermanos pequeños, mejor ni hablo. Esos solo se encargaban de fastidiarme.
Ser uno mismo, sin perder el norte, es un camino duro. Para quienes se pierdan, les recomiendo los libros. El mejor refugio, incluso para perderse, una biblioteca. A mí, al menos, me sirvió, me sirve. Y mucho.
Allí me sumergí, en una biblioteca con mucha historia. No quería que fuese la de mi barrio. No. Quería una un poco aislada de mi ámbito habitual, para no encontrar a nadie conocido. Y no es porque mis amigos frecuentasen demasiado las bibliotecas ni tampoco porque me importase demasiado la opinión de los demás. Bastante me había afectado ya la opinión de William. ¡Menuda dependencia! No. Lo que buscaba era un poco de recogimiento, aunque esa palabra sonase algo monacal.
Y precisamente fui a parar a un antiguo monasterio. Sin pensármelo dos veces, me dirigí a la Biblioteca de San Miguel de los Reyes.
Lo cierto es que cuando entras allí te sientes muy pequeña; aunque es posible que yo me sintiese así incluso penetrando en un hormiguero de tan diminuta e insignificante como me sentía en aquellos momentos. Había visitado aquel monumental edificio en otras ocasiones, pero solo entonces, sin la compañía de mis compañeros y del profesor de turno que organizó la actividad, fui consciente de la magnitud de tan inmensa obra. Sin embargo, no tenía idea de la dimensión que mi pequeño paso iba a suponer en mi vida futura.
[…]
Os avanzo la portada e información de mi nuevo libro, así como el día de la presentación para que toméis buena nota:
martes 26 de febrero, a las 19 h en Ámbito Cultural de El Corte Inglés de Colón (Valencia)
Estáis invitados a esta nueva aventura. ¡Os espero!
Aventuras literarias. Las extrañas notas del presidiario
Autora: María Ángeles Chavarría
Colección: Historias con Miga (juvenil)
Editorial Brief.
Formato: 14 x 20 cm, 190 págs.
ISBN: 978-84-15204-38-1
PVP: 9,5 euros
Edad: a partir de 14 años
See on Scoop.it – Noticias Literarias
Narración sonora de libros, historias. Incorporación de historias y libros gratis.
See on www.creahistorias.com
REALIDAD CON PRISMÁTICOS
Escribir es tan fácil como vivir. Tan difícil como vivir. Crea hábito y, una vez las palabras quedan plasmadas en el papel, ya no hay marcha atrás. Antes, como con los actos, puedes rectificar, reflexionar, tachar o borrar. Luego, una vez publicada una sola página, cometida la acción más irrelevante, aparentemente, ya no hay nada que dé marcha atrás en el tiempo, por más que las películas de ciencia ficción se empeñen en querer demostrarnos lo contrario. Por mucho que algunos piensen que el arrepentimiento posterior anula la acción realizada. Falso. Lo hecho, hecho está. Lo escrito, escrito está. Es algo que tiene mucho que ver con el compromiso con uno mismo y la responsabilidad para con los demás. De ahí mi respeto por la vida. De ahí mi profundo respeto por la escritura.
¿Mi compromiso? ¿Cómo plasmar la realidad añadiendo algún ingrediente de los que tanto gustan a los lectores sin caer en los tópicos o en la desidia? Gran dilema. Ser fiel a uno mismo contando las cosas tal y como son o embarcarse en una aventura de sexo, violencia y morbo sin límites. Reflexionar sobre unas preocupaciones dentro de una rutina plana o saltar de emoción en emoción sin dar casi tiempo a respirar. ¿Dónde está el término medio? ¿Es mejor mojarse y decantarse por un extremo o diluirse entre los polos opuestos hasta conseguir el equilibrio? Complicado asunto el de la literatura.
Tengo que partir de mi realidad para construir una novela. Pero ¿qué realidad? Me llamo Neus. Aunque si tuviera que utilizar un nombre ficticio, utilizaría Nerela. Siempre me hubiera gustado llamarme Nerela. Tiene más personalidad. Neus es corto y ridículo. Ni siquiera aparece en Libro de los nombres, edición 1983, que utilizo para bautizar a mis personajes. Seguramente en otras ediciones o en otros libros similares ya se tendrá en cuenta. No sé de dónde lo sacaron mis padres. Siempre escucho lo mismo:
– ¡Qué original!
Evidentemente, cuando un nombre parece estúpido es original. Nerela, en cambio, no significa nada (al menos yo no lo he encontrado en ningún manual al uso) pero suena a canción de cuna, a murmullo de olas espumosas, a… Por ahí no. Si quiero llegar a alguna parte esas son las frases que debería evitar. Nada de cursiladas que espanten a los lectores. El romanticismo ya fue superado (yo creo que aún pervive en cada uno, pero esas cosas nunca se deben confesar abiertamente) y la nostalgia se la dejo a Dyango o al Dúo Dinámimo. No se puede suspirar toda la vida por un amor de “quince años”.
No tengo ningún trauma especial. Al menos eso creo. Aunque tal vez algún psicólogo no opine lo mismo y pretenda hurgar en mi infancia. Si no que me digan por qué cambié Santander por Castellón sólo porque vi en la tele unos segundos del festival de rock de Benicàssim. Y eso que no siento el más mínimo interés por el rock. Para ser sincera, ni mis padres ni mis hermanos se sorprendieron de mi decisión. Pensaron que era una de mis “neuras” (insisto en lo de no tener traumas) que pronto pasaría, como lo de querer ser cantante porque un día me subí a un karaoke; o escritora porque… Bueno, esa “manía” aún no se me ha quitado.
Dicen que lo difícil es comenzar. No estoy de acuerdo. Aquí estoy yo toda lanzada sin un argumento, sin un personaje de esos de carácter, tan inolvidable para el lector que casi se convierte en real. Por lo demás, ¿qué medios me hacen falta? ¿Tiempo? Tengo todo el tiempo del mundo. Cuando me corresponde el turno de noche en el periódico dispongo de todo el día. Duermo poco y tengo pocos amigos. Si cubro la franja de siete a tres, toda la tarde. Si trabajo de tres a once, me queda la mañana. ¿Será por horas? Pero no son tampoco las horas. Las horas se convierten en vacías cuando te sobran y en valiosas cuando te faltan. Tengo que encontrar el modo de llenarlas antes de que, en vez de devorar novelas, las novelas me devoren a mí; antes de engancharme a todos los seriales y programas basura; antes de que mi balcón se convierta en el único escenario desde el que contemplo el mundo.
Ante la falta de guión y de personaje interesante, tendré que salir de mi cascarón para lanzarme a la búsqueda de emociones. Abriré los ojos de par en par y observaré minuciosamente la realidad que me rodea. De momento, es de lo más aburrida; aunque tal vez sea culpa de mi óptica. Tendré que mirar más y mejor. ¡Esto es! Las notas. Tomaré cuantas pueda antes de ponerme manos a la obra. Como cuando de pequeña tenía diario, pero sin sensiblerías. Veremos qué se puede hacer.
He acondicionado el bolso para la ocasión sin prescindir de los clásicos habituales que siempre llevo conmigo. Tal vez me haya pasado; sea como sea, éste es el resultado: un cuaderno pequeño con tapas de plástico para que no se doblen, un bolígrafo y un portaminas; dos libros, uno de poesía para cuando tengo poco tiempo (en una cola rápida) o cuando me siento sentimental, otro de narrativa si una cola va para largo (primeros de mes en los bancos) o para la hora de la comida (no me gusta cocinar y evito comer en casa; casi siempre como, sola, en una cafetería situada entre el periódico y unos grandes almacenes); la cajita de las lentillas, gafas de sol (negras de pasta a lo Audrey Hepburn) y de vista (azules rectangulares), por si el humo agobia a mis ojos; neceser con kleenex, carmín, perfume, corrector de ojeras (imprescindible debido a mi insomnio permanente), cepillo y pasta de dientes, imperdibles y lima de uñas (odio ir amargada todo el día por una uña rota); una grabadora, una minilinterna, una cámara de fotos pequeña y carretes (por si alguien recuerda algún día para qué se me contrató en la redacción y me da la oportunidad de salir a la calle); un paquete de galletas (para piscolabis rápidos) y caramelos; la cartera con el dinero necesario; bono-bus (aunque suelo ir andando a todas partes), las tarjetas de siete u ocho establecimientos de moda y perfumerías (no sé decir “no” a una nueva tarjeta); tiritas y aspirinas (soy propensa a las jaquecas); un coletero para cuando la melena me molesta o necesito optar por un recogido más discreto (ni siquiera necesito peine para apañármelas); llaves y móvil (todos decimos que lo odiamos, pero…); tapones para los oídos (en una cajita tipo pastillero) para los días en que las obras de la calle me taladran el cerebro y me impiden concentrarme en la lectura (he aprendido a leer los labios del camarero cuando me pregunta qué deseo o me explica qué hay de menú); un chal ligero en primavera y verano y otro de lana para los meses más fríos (junto al mar nunca viene mal); y, por último, un amuleto (no creo en ellos pero me gusta llevarlo) consistente en una nube esponjosa y suave que me dio mi madre cuando decidí venir a Levante porque, según ella, mi nombre significa “nube”, aunque alguna vez me dijo que “nieve”. En cualquier caso, el objeto blandito, más típico de una niña a la que le están saliendo los dientes que de una “joven” que ha rebasado la treintena, me sigue gustando a rabiar, me hace sentir cerca de mi familia (en Cantabria, tierra de nubes) y lo llevo siempre conmigo. Y, aunque parezca imposible, todo lo citado anteriormente es el contenido fijo; además, según las circunstancias, voy añadiendo chorradas que no vienen al caso y que alargarían esta lista varias páginas más. De momento, sirva el listado para entender la razón por la que camino algo ladeada.
Así provista, intentando vestir de un modo profesional, salgo de mi casa con una sonrisa ensayada ante el espejo. Hasta que alguien me la tuerce. No quisiera parecer una insociable de carácter huraño. Creo que soy bastante tratable y que me llevo bien con todo el mundo. Simplemente, en el trabajo cada uno va a la suya y nadie da pie a entablar una relación de amistad. Y yo no soy tan lanzada como para dar el primer paso. Cada uno tenemos nuestra misión (nada similar a las promesas con las que nos contrataron a “algunas”) y nos limitamos a ella. Eso sí. Nada de protestar. Nada de decir que te sientes preparada (siempre en femenino) para hacer algo más que pasar al ordenador los artículos de otros (que casi siempre acabas redactando tú porque los “súper ocupados” no tienen tiempo para nada). La plana mayor odia los sobresaltos y las novedades; a pesar de que, supuestamente, la profesión de periodista es una de las más emocionantes y más alejadas del estatismo.
Después de este alegato a los incentivos, a la motivación del personal y a la promoción interna; después de un rotundo rechazo a esos jefes que promueven el inmovilismo y la desidia de sus empleados, retomo esa misma rutina que caracteriza mis jornadas. Hasta ahora, lo más inquietante que he hecho ha sido reivindicar, tal como acabo de hacer por escrito, esa responsabilidad para la que se me contrató. Para ello, me plantifiqué hace unos meses en el despacho del Director General del periódico sin pensármelo dos veces. Ni corta ni perezosa le dije lo que pensaba, eso sí, con tanto orgullo por mi concienzuda preparación como humildad por respeto al cargo y a las canas de quien tenía delante. Quería ser redactora y firmar mis propios artículos, no desempeñar una tarea de mecanógrafa que, además, hiciera el trabajo de los demás sin ningún tipo de reconocimiento. No sólo me quedé igual que había estado en los últimos tres años (aunque con nuevas promesillas que entonces, por supuesto, ya no creí), sino que mis compañeros me colgaron el sambenito de revolucionaria y reivindicativa sin tener ni idea de lo que se habló en aquel despacho.
A partir de aquel histórico día, me quedé más sola que la una. El trato no dejó de ser cordial; sin embargo, si en el periódico ya era difícil hacer amigos (aunque corrillos, como en todas partes, siempre los hubo), desde que cobré fama de persona non grata para dirección, todos los lameculos, los cobardes y tres o cuatro más en mi misma situación, solidarias por tanto (insisto en el femenino), aunque necesitadas, como yo, de nuestro miserable sueldo, huyeron de mí como de la mismísima peste. “Buenos días”, sí, y poco más. Todos muy educaditos, pero guardando tanto las distancias que casi acabamos comunicándonos por e-mail.
¿Qué le vamos a hacer? Sigo echando de menos esa campechanía tan ausente en mi lugar de trabajo, pero hemos quedado en que voy a hilar más fino y a sacar algunas conclusiones de todo esto. Podría pensar que mis momentos de soledad van a venirme bien para este nuevo proyecto, aunque tal vez estas horas sean más productivas a nivel literario si saco de ellas un jugo emocional que no suele encontrarse en el aislamiento.
María Ángeles Chavarría (comienzo de El anónimo)
COSAS QUE NO ME GUSTARÍA PERDER:
(María Ángeles Chavarría, de Diario de una mujer inquieta)