«El mapa es un trozo de mundo que se ha encogido.»
(de Cada día una greguería)

(de Cada día una greguería)


(de Cada día una greguería)

Charlábamos tranquilos frente al mar melancólico.
Gaviotas en cascada.
Pensativa en la hamaca, se escapaba el instante.
La tarde era apacible.
Miraba el horizonte sintiendo eternidad.

La merienda interrumpió la colección de hilos.
Se estaba bien, unos junto a otros,
hablando en silencio.
Enlazaba momentos.
Las pausas de la charla adormecían.
La humedad era casi un hallazgo.

Todo parecía claro
y las transparencias hablaban con escalofrío.
La tarde ya era noche
y una manta entonces daba confianza
para seguir soñando.

Sin moverme de la terraza,
conquistaba el firmamento.

María Ángeles Chavarría, en La mirada de alguien sin importancia
Mi padre me daba un beso de buenas noches; luego me despertaba y alguna vez pensé que lo había soñado. Pero el beso quedaba en cualquier caso, aunque yo deseaba que ese segundo intenso de ternura se prolongara más para poder contarle mi día de colegio, la pelea en el patio con mi amigo Manolo. Por eso los domingos corría como loco al cuarto de mis padres, empujaba a mi padre a trompicones para desayunar y no dejarle hablar, de tantas cosas que quería contarle, como si mi mandíbula fuese una pequeña máquina de hacer palabras.
Mi madre era como Valentina, la más inteligente y sensata de Los Chiripitifláuticos. Todo lo sabía, era una pequeña enciclopedia. Cuando me enfadaba con algún amigo siempre me decía que había que dar a las cosas el valor que tienen y dedicar nuestras energías a aquellas que merecen realmente la pena. Y cuando me iba al campamento sólo me decía:
– Cuídate, hijo. Recuerda que tu principal responsabilidad es cuidar de ti mismo. Y luego, pásalo bien.
Me enseñó de mil maneras que la diversión no está reñida con la sensatez y que se podía jugar sin hacer el cafre, no como hacía una pandilla de mayores que intentaban atropellarnos con las bicicletas.
Mi padre era parecido al Capitán Tan, tan Rataplán. Lo imaginaba cada día en un viaje fantástico, pero sabía que, por muy lejos que viajase, por la noche regresaba para darme su beso. Sigue leyendo «Mi padre y el Capitán Tan»
Dos textos recitados de mi libro Pincelada con matices
CONCURSO DE RECUERDOS

La nostalgia es como un nido de abejas. Hay recuerdos zánganos. Hay recuerdos que zumban. Zum, zum, zumban. Pero sólo un recuerdo reina en la memoria. Es que el más duele, el que martiriza a los demás, el que contamina con una leve capa de inquietud. A ese no le importa jugar sucio para clasificarse en los destellos de la evocación. Sigue leyendo ««Concurso de Recuerdos»»

Con Elga Reátegui, en los momentos previos a la entrevista.