Protagonista, el otro
Este es uno de los capítulos del libro
HABLAR EN PÚBLICO Y EN PRIVADO: LAS SITUACIONES QUE NADIE TE COMENTA
“PROTAGONISTA, EL OTRO” (Presentar a un escritor, a un conferenciante, a un científico…)
Sin llegar a tratarse siempre de un acto solemne, nos encontramos en situaciones frecuentes (una fiesta de cumpleaños, un aniversario familiar o laboral, una reunión de antiguos alumnos, el recibimiento a un profesor visitante…) en las que le pueden encargar a alguien que tome la palabra para introducir a otra persona.
Hay que tener cuidado porque, como afirma Juan Antonio Vallejo Nájera, “hablar en público se convierte en un vicio”. El peligro está en no saber dónde están los límites entre la parte competente y necesaria y esa otra que traspasa la notoriedad para adquirir tintes de egolatría.
Es cierto que a veces no sabemos qué decir y otras, sin embargo, no sabemos cuándo hay que callar. Como le ocurrió al usurpador del protagonismo en la siguiente historia.
EL INTRUSO
Había asistido a multitud de presentaciones de libros, pero desde que presenté el mío Entra o sal, pero no dejes la puerta abierta no había acudido como protagonista. Aunque la mayoría confesaban que el placer estaba en la escritura y veían las presentaciones como exigencias editoriales, yo envidiaba verles ahí tan colocaditos, en el centro de un escenario con todas las miradas puestas en ellos y tantos oídos dispuestos a escuchar cada palabra que saliese de su boca.
Lo mío fue un fenómeno fugaz, un divertimento desbaratado donde me metía con todos los sectores de la sociedad. Por eso tuvo éxito y se interesó pronto una editorial en las que todo escritor sueña tener su pequeño espacio. De hecho, no sé si sería capaz de describir el placer que sentí al ver mi nombre en el catálogo. El problema fue que no dosifiqué mi material para varias sagas, como hacen los visionarios de altas miras, y agoté todos mis insultos y críticas en un solo volumen. Eso sí, de nada menos que 800 páginas. Porque, ya me lo dijo un amigo enteradillo, ahora los libros, aunque no se lean, parece que se vendan a peso. Así, los que leen para vacilar a los colegas pueden utilizar argumentos bien convincentes:
– Mira, acabo de leerme la ultimísima novedad del mercado editorial. No recuerdo el título, ni el autor, ni la trama, ni los personajes, ni el mensaje… Pero es buenísimo. Fíjate que tiene 427 páginas –es que mirar las páginas exactas, y además recordarlas, es fundamental para dárselas de buen lector.
– Oye, pues sí que debe de ser bueno, sí –suele responder el ya interesado amigo.
Y mediante estas deducciones fue como llegué a descubrir por qué unos libros triunfaban y otros no.
Es obvio, pues, que tenía estrategia, contactos y recursos. Solo me faltaba dar con un buen argumento (¿de dónde sacarán los escritores tantos temas?) y encontrar el momento para sentarme a escribir. Pero todo ello requería su tiempo y la adaptación a la personalidad de cada uno. A mí no me va eso de dedicar todos los días unas horas a la escritura. Los auténticos artistas no nos regimos por normas. Las cosas salen cuando han de salir.
Diez años habían pasado desde aquel libro milagroso que me acercó a multitudes. Desde aquel año de presentaciones y eventos había permanecido entre bambalinas escuchando a los demás. Pero, de repente, llegó uno de esos momentos soñados: de nuevo iba a participar en una importante actividad literaria. Mi agente, viendo que estaba un poco ocioso, se las ingenió para que me propusieran presentar el libro de uno de los autores más cotizados de este país. Como es de imaginar, acepté al instante.
Estaba emocionado. De nuevo ahí, en el centro del campo, dispuesto a meter goles a la audiencia. Como no había leído nada de dicho autor, hablé de lo que más sabía relacionado con el entorno en el que nos encontrábamos. Les hablé de mi propio libro. Después de todo, habían pasado unos años y no estaba de más recordarles algunos detalles que me limité a explicar en apenas media hora. Luego conté algunas anécdotas personales sobre mis experiencias en el mundo intelectual y les regalé algunos de mis consejos para hacerles el honor de tener la visión de un experto en la materia.
Después de una hora, en la que la representante de la editorial no dejaba de mirar el reloj (no entiendo a qué venían tantas prisas), el autor intervino sin que nadie le diese la palabra para decir algo que no recuerdo. Imagino que algo sobre su libro. Cuando acabó, la gente aplaudió a rabiar. Lógicamente, el aplauso era para los dos.
Mi propósito había sido realizar una presentación inolvidable y cumplí con mi objetivo. No creo que nadie la olvide. De hecho, cuando terminó el acto, la representante de la editorial, que debió haberse quedado muda escuchando mis palabras, recuperó el habla para decirme:
– Mire usted, creo que debería encerrarse a escribir ya mismo y dejar las presentaciones para otras personas más humildes.
Evidentemente, no me quedó otro remedio que agradecerle el halago. Debí impresionarle tanto que con sus palabras me invitaba a una nueva publicación. Ya sabía yo que ese no era mi sitio y que el escenario se me quedaba pequeño.
Por desgracia, hay mucha gente así. Como no quieren escuchar lo que no les interesa, solo se escuchan a sí mismos.
PARA MEJORAR Y DIFERENCIARSE:
- Estate atento a las intervenciones de los otros para no ser repetitivo. Si eres el moderador de un acto, has preparado unas palabras sobre un escritor y te percatas de que el presentador del libro acaba de decir lo mismo sobre él, no repitas por mucho que te lo hayas preparado. Destaca otras cualidades, simplifica, improvisa, pero no aburras solo para lucirte con algo que, además, ya no va a interesar.
- Piensa en el público. Si la persona que tienen delante es conocida por la mayoría no hace falta insistir en aspectos sabidos por todos, aunque siempre hay que resaltar de algún modo sus méritos. Si, en cambio, se trata de alguien cuya línea de trabajo es novedosa, por la razón que sea, convendría comentar aquello que facilite la comprensión del asunto que congrega al auditorio.
- Sé prudente. No hables de asuntos confidenciales que atañan al conferenciante, ni desveles el final de una novela si se trata de una presentación literaria. Lo que interesa no es lo mucho que sabes sobre la vida de alguien o sobre el contenido de un libro, sino que expliques por qué debemos escuchar a ese alguien o crear expectación sobre el contenido aludido.
- Discreción y eficacia deben ser tus máximas en este tipo de acontecimientos.
- Infórmate sobre el tema y sobre la persona que vas a introducir a fin de poder transmitir interés al auditorio y predisponerles a la escucha del orador principal. De ese modo, también podrás lanzar alguna cuestión para introducir el debate en el caso de que el público no se anime a intervenir.
- Jamás utilices una presentación o un homenaje a otra persona como pretexto para hablar de ti mismo. Es una falta de consideración tremenda hacia quien ha confiado en ti.
- Permanecer en la sombra también es un arte. Esta es una ocasión para agradecer y felicitar. Todas tus palabras deben orientarse a valorar los logros de quien presentas, no los tuyos.
Beneficios de leer
Aventuras Literarias, para «Lletres Valencianes»
INFANCIA
INFANCIA
que no estaba allí.
Desapareció de repente,
pero yo la sentía.
Quería mis alegres cuentos
que mi hermano atrapaba con sigilo curioso;
ir acompañada a la escuela
saltando los charcos con mis indómitas botas blancas;
jugar a “Veo-veo” con mi padre
las tranquilas mañanas de domingo
y que mi madre me regalase un botón
si no prolongaba mis sueños perezosos en el frío invierno.
Quería construir fantásticos castillos en la playa
y cantar villancicos por Navidad,
comprar cromos en el Kiosco
y cambiar en el banco de la plaza los que nadie tenía;
Tenía una frescura azul, un desparpajo nervioso,
una timidez de ojos atentos…
y una cama voladora que siempre estaba en mis sueños.
empecé a crecer.
María Ángeles Chavarría, de La mirada de alguien sin importancia
Presentación de HABLAR EN PÚBLICO Y EN PRIVADO
Muchas gracias al equipo del Club de Oratoria por su acogida,
a Sergio Martínez por su calurosa introducción
y a José Julián Antón por su cariñosa presentación y su complicidad.
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Y, por supuesto, mil gracias a todos los asistentes por su participación y el interés que mostraron en todo momento.
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Espero que disfrutéis con el libro y que os resulte útil.
Encuentro inusual
ENCUENTRO INUSUAL
La encontré en el barrio turco. Como quien encuentra una rosa en medio del desierto y se pregunta qué pinta allí una flor. Así estaba ella, en un estado demencial, con los harapos propios de un mendigo y acurrucada en una esquina. Una rendija de su gualdrapa me permitió entrever su espléndido rostro moreno sin señales de envejecimiento; pero lo que realmente me cautivó fueron sus enormes ojos negros. Reclamaban ayuda a gritos. El resto de los indigentes iba a la suya. Intentaban ganar la batalla a las pulgas y a otras artimañas mayores. Una anciana me ofreció unas flores mustias para los difuntos. “Mire usted, señorita, que les harán bien”. Pero ni siquiera esperó mi respuesta y siguió danzando con su cesta destartalada de flores muertas.
Eran poco más de las ocho de la mañana. Yo andaba buscando un reportaje sobre las terribles consecuencias de la Guerra del Golfo, cuando aparecí en uno de los barrios más pobres de Beirut. Anduve de un lado a otro durante largas horas. Por fin me detuve y permanecí un rato abstraída ante toda esa gente prácticamente ignorante de mi presencia, excepto la misteriosa mujer que clavaba sus ojos en mi rostro. Me dispuse a acercarme a ella. Otro mendigo me tendió una mano para que se la llenase con alguna moneda. Mientras busqué algo de dinero, la desconocida había desaparecido. Me sentí perdida. Esperaba que esa mirada cargada de dolor me llevase a alguna parte. Entretanto, un grupo de vagabundos mantenían un parloteo incomprensible para mí. Algunos incluso hablaban con una arrogancia que tal vez les había dado el sentirse dueños de sus propios pasos. Otros asentían cabizbajos, con ojuelos lacrimosos, menos orgullosos de su suerte. Yo continué un camino que no acababa de definir y vine a dar a un callejón donde asomaba el bello rostro que, hacía unos instantes, había desaparecido entre el gentío.
Ahora podía verla bien. Estaba de pie, frente a mí. Se adivinaba una extrema delgadez bajo las ropas andrajosas; no obstante, su porte aristocrático era el de un personaje con modales y una serena distinción. Sus ojos tenían demasiado brillo para el aspecto polvoriento que
envolvía el resto de su cuerpo. No era excesivamente alta, más bien me pareció de estatura media, y sólo más adelante pude ver sus labios redondos y rojos como una cereza madura. Era evidente que pretendía hablarme, decirme algo; pero también me temía. Lo sentía en su mirada asustada. Por ello tomé la determinación de acercarme yo a ella. Tal como ya lo había intentado antes de que se escabullese.
– ¿Eres de aquí?
Negó con la cabeza.
– ¿De dónde? –insistí.
– De Kuwait –respondió con un tono apenas perceptible.
– Yo todavía vengo de más lejos. Me llamo Soraya –la miré esperando que me dijese el suyo.
– Soy Lulua.
– ¿Puedo ayudarte, Lulua? –pregunté por la inercia de una intuición.
– Si quieres…
La llevé al hotel Phoenicia, donde me hospedaba. El salón principal era grandioso. Tenía una gran cristalera a través de la cual se veía el interior de la piscina. Era un hotel elegantísimo. Nada más llegar, me entregaron una tarjeta de identificación. Dicho carnet desplegado incluía un directorio de servicios y un plano de la ciudad. Todo estaba en su sitio en un ambiente distinguido. Lulua me aseguró que no pretendía robarme. No era necesaria tal justificación. Confiaba en ella sin saber porqué. Presentía que algo extraño le había ocurrido a esta joven y un impulso inexplicable me motivaba a averiguar un poco más.
Parecía una mujer agradecida. Se vino conmigo como quien, después de haber abierto todas las puertas y no encontrar respuestas, se lanza al vacío esperando que alguien esté ahí, en ese preciso instante, para recoger sus despojos. Hablaba lo justo, sólo cuando se le preguntaba, y su rostro reflejaba unas ilusiones frustradas, demasiado íntimas para ser desveladas a una desconocida en un primer encuentro. A pesar de lo cual, confió en mí. De vez en cuando rezaba muy bajo rompiendo el silencio que le servía de albornoz. Ella sabía que yo no podía entender todas sus palabras, seguramente por mi acento americano y mi dificultad para mantener una conversación fluida en su idioma. No obstante, era consciente de que yo respetaba sus costumbres y su espíritu. Al igual que ella admiraba mi carisma de extranjera en una tierra de hombres. En cualquier caso, era la primera imagen que tenía de mí, como tampoco yo imaginaba que aquel aspecto frágil escondía una fortaleza inusitada.
Tal era mi situación. Me sentía abatida intentando encontrar la respuesta a cuál sería mi misión. Cualquier periodista sueña con uno de esos reportajes sensacionalistas que hacen saltar al mundo. Lo conseguí. Fui una de esas afortunadas a quienes dan una oportunidad. Pretendía aprovecharla para decir esas cuatro cosas bien dichas que se quedan en la trastienda. Pero el rostro terrible de la postguerra se abalanzó sobre mí y me aterrorizó hasta dejarme sin aliento. Entonces encontré a Lulua.
María Ángeles Chavarría (comienzo de la novela La tercera copia)
Retorno a la infancia
RETORNO A LA INFANCIA
He retornado a la infancia. Ese periodo liberador, pese a las prohibiciones, en que todo parecía ir bien. Entonces, ensimismada, silenciosa, tímida, jugaba mi papel de misteriosa y me refugiaba en la introversión para observar sin límites. Comportamientos, paisajes, interiores… todo entraba en mi mente y todo salía de ella coloreado por mi peculiar visión de la vida.
Ahora me encuentro un tanto perdida y no logro dar con los tonos adecuados para sombrear con pinceladas dulces un espacio abrupto, incoherente e injusto. Ahora, mis preguntas son más complejas que antes y lo más doloroso, para alguien que, como yo, cree en los sueños, es que la imaginación no siempre es válida para resolver los enigmas.
Por eso he retornado a la infancia, para volver a creer en lo imposible, para volver a sumergirme en ese mundo idílico de fantasía, para llorar sin complejos de adulta, para recibir ese abrazo, dulce, tierno, apacible, y que una voz cálida y segura me diga que todo está bien.
María Ángeles Chavarría, de Pincelada con matices
Presentación de EL MEU MÓN EN QUATRE ESTACIONS en Tous
Aunque las fotos no son de la mejor calidad, expresan al menos que la palabra poética llega a todo aquel que quiere leerla o escucharla.
Que los vecinos de Tous, en plenas fiestas, optasen por abrir sus puertas a la literatura dice mucho a su favor.
Gracias a todos ellos por el interés y por permitir que el cine se llenara de versos.


























